El Espejo y la Presencia Oculta: El Sol Negro y el Reencuentro con la Esencia

¿Qué sucede cuando miras fijamente tu reflejo hasta que se vuelve extraño? En ese instante previo al parpadeo, la imagen se disuelve y se revela una presencia que te observa sin que lo adviertas: el Sol Negro. Esta presencia es la coordinación de lo invisible; el residuo de lo que el velo de la ilusión nos impide ver. Hemos perdido la conexión con nuestra luz interna al olvidar que el Portador de la Aurora no es un mito externo, sino una frecuencia que reside en nuestra sangre.

Nuestra falta de valentía para reconocer lo que es verdadero y la altura desmedida del ego actúan como muros de contención ante lo esencial. El miedo a enfrentar al «extraño» en el espejo hace que la masa huya. Sin embargo, el iniciado comprende la dialéctica del poder: para alcanzar la Alta Cúspide, primero debe aceptar su sombra; para ser luz, debe abrazar su propia penumbra. En este punto, el espejo deja de ser un objeto de vanidad para convertirse en el Axis Mundi, el centro del mundo descrito por Mircea Eliade. Es el punto de ruptura donde el tiempo profano se detiene y entramos en el tiempo del mito. Aquí, el rostro que ves es solo una máscara de arcilla sobre una esencia de fuego. De polvo eres, y en polvo volverás; pero mientras seas polvo, asegúrate de ser el polvo de las estrellas que decidieron caer para entender la densidad.

Olvidamos porque la verdad es intolerable para la estructura de la personalidad. Al recordar que somos parte de una inmensidad caótica y divina bajo el axioma de que lo que es arriba es abajo, el pequeño mundo de nuestras preocupaciones cotidianas colapsa por su propio peso insignificante. El olvido es el sedante de los débiles. El Ego, esa construcción de seguridad que demanda títulos, validación y control, surge para llenar el vacío dejado por la amnesia de nuestra esencia. El Ego imita a Ra, el sol del mediodía que todo lo ilumina y no genera sombras, buscando ser el centro y brillar sin oscuridad. Pero esta pretensión es una ceguera inducida: al inflarse el Ego, perdemos la visión nocturna, la capacidad de discernir lo que reside en las sombras. Un sol sin sombras no permite la profundidad; es una superficie incandescente que calcina la verdad.

El olvido es la moneda con la que pagas tu estancia en la mediocridad de este mundo. Cada triunfo del Ego conlleva el apagón de una parte de tu memoria ancestral. Nos han enseñado a inflar el pecho para ocultar el vacío del espíritu. Olvidar es una comodidad impulsada por el miedo a la acción; un miedo que nace de la comparación. El Ego solo ve defectos o virtudes en el espejo: ambas son trampas que te encadenan a la superficie. Como advertía Santa Teresa de Ávila, el alma es un Castillo Interior de diamante o muy claro cristal. Pero si tus facultades están emparamadas por el ego, quedarás varado en los patios exteriores, incapaz de entrar en las moradas más profundas. La comodidad del olvido es, en realidad, la cárcel de la séptima morada.

Para iluminar al Dios interior, es necesaria la mirada neutra y la búsqueda de la Gravedad Sagrada: esa atracción irresistible hacia nuestro propio centro que los dioses primordiales utilizaron para ordenar el caos. No busques bajar el Ego; eso es un error de principiante. Desplázalo. El Ego debe ser el guardián de la puerta, el servidor que organiza tu estancia en la materia, pero jamás el ocupante del trono. El fortalecimiento real ocurre cuando dejas de identificarnos con tu nombre y te reconoces como Presencia. El Ego no se elimina; se domestica para que sirva a tu voluntad divina.

La clave para la soberanía sin soberbia es sonreírle al reflejo con la complicidad de quien guarda un secreto eterno. No intentes destruir el Ego; edúcalo para que se incline ante el Dios que te habita. Es la determinada determinación de Teresa: un acto de voluntad donde el amor propio se convierte en una fuerza atómica de cohesión. Tu humildad no es pequeñez; es inmensidad contenida. Es la comprensión de que solo Dios basta, sabiendo que ese Dios no es una entidad ajena, sino el ojo que te devuelve la mirada desde el fondo del cristal.

Recupera tu memoria antigua. Deja de ser un reflejo y conviértete en la luz que lo origina.

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